Paseando caballos. El caballo mascota.

IMG_3515Ponencia  para el XII coloquio español del MNC (Fuentelencina, 18/04/2015).

El tema puede parecer intranscendente, y desde luego que desde un análisis superficial lo es. Pero si profundizamos en todas sus implicaciones y manifestaciones nos encontramos ante una cuestión de gran actualidad y relevancia. Porque, en el fondo, esta charla es una sinécdoque, aquella figura literaria consistente en tomar una parte por el todo, y centrándonos en las personas que “pasean al caballo” también nos queremos referir a las personas preocupadas por la equitación “etológica”.

La consideración del caballo como mascota no es más que una muestra de la evolución en la relación entre humanos y caballos (el caballo, la más noble conquista del hombre). Esta relación, que sepamos, se remonta a más de 4.500 años, durante la mayor parte de los cuales el caballo tenía una clara utilidad para el trabajo y la guerra, y tampoco es menos cierto que estaba claramente asociado al poder. Como no estamos en una clase de historia, vamos a hacer incidencia en sólo dos momentos que marcan esta reciente historia. En los años 60 del siglo pasado se produce la mecanización de los trabajos del campo y la progresiva marcha de gran parte de su población hacia las ciudades. Y en los años 80, también del siglo pasado, la hípica se democratiza y se extiende a cada vez mayor número de personas, popularizándose su práctica como forma de ocio (ya sea en forma de equitación deportiva o de exterior). [Una nota: esta cronología es europea; en nuestro estado se retrasa un poco, ya aún hoy en muchas regiones el caballo se vive como algo para nobles y militares, en contraste con una tradición más popular, del campo, de romerías, ferias,… Spain is different!]. La combinación de estos dos factores da como resultado un gran número de aficionados a la equitación que han perdido todo contacto con la forma tradicional de aproximarse al caballo. Surge así la necesidad de recuperar esa forma de relación, que rápidamente vienen a suplir susurradores, domadores naturales,… horsemanship en abstracto, que actualmente viven su momento de máximo auge. ¡Ah! ¡Y sin olvidar el surgimiento de los movimientos animalistas!

Y en este entorno empiezan a aparecer algunas personas –¡hippies!- ¡que salen a pasear con el caballo del ramal! ¡Y cada vez son más! Las motivaciones por descontado que serán tan diversas como las personas, pero en todas subyace una preocupación superior por el bienestar del caballo, en muchos casos interesados por su etología, y afines a los posicionamientos de los “caballos sin hierros” (sin hierros básicamente quiere decir sin herrar –barefoot– y sin embocarura –bitless britle; como en todo, se han dicho sandeces al respecto –como el célebre “los caballos herrados viven menos tiempo” de Pierre Enoff- pero, a mi entender, no faltos de razón). Se trata, en definitiva, de una aproximación al caballo como al perro o al gato, que no son instrumentos si no compañeros, luego: mascotas. [Os confieso que el único motivo que impide que tenga un caballo miniatura americano en el comedor de casa es… ¡que todavía  no pueden controlar sus esfínter!]

Esto puede resultar anecdótico: al final siguen siendo mayoritarios los practicantes de las disciplinas “tradicionales” de equitación (lo pongo entre comillas, pues cada vez esa práctica se aleja más de la equitación tradicional, academicista y muy preocupada por la equitación de la ligereza). Pero esta corriente vive un auge imparable; a título de ejemplo, las dos principales novedades para este año de Equitana –la mayor feria ecuestre del mundo, que se celebra cada dos años en la ciudad alemana de Essen- fueron: (1) la ampliación de la programación dedicada a los horsemanship, a los que además se dedicó por primera vez todo un pabellón para que pudieran estar en contacto con su público; y (2) un concurso que valoraba la comunicación entre humano, caballo y perro.

Esta corriente tiene además plasmación práctica. Así, la nueva disciplina del horse agilityequility en Francia- cada vez cuenta con más practicantes. Ésta consiste en hacer superar obstáculos pié a tierra al caballo, ya del ramal, ya en libertad. [Recientemente tuve la suerte de conocer la iniciativa de un francés, Henry Cazier Charpentier, caballista defensor del clasicismo en equitación, que por los años 80 tuvo la idea de organizar concursos en que todas los ejercicios propios de la doma clásica se ejecutaran pie a tierra, todo un visionario]. Pero tal vez la principal causa y efecto de esta tendencia sean los espectáculos ecuestres; en concreto los muchos números basados en la doma en libertad. En la actualidad viven un momento mágico, con grandes celebridades que ejercen su influencia sobre cada vez más público, haciendo surgir más afición y cada vez nuevos artistas, en una suerte de círculo virtuoso. Y en su mayoría todos comparten esa misma preocupación por el bienestar del caballo (o cuanto menos es lo que pretenden transmitir). Estamos ante una renacimiento del arte ecuestre, que acorde con la cultura del ocio de masas actual ha se ha trasladado de las academias a los escenarios, reviviendo la experiencia del nacimiento del circo moderno de la mano de Philip Astley (1768). Sea como fuere, es indiscutible la influencia de las grandes figuras para aproximar al caballo (en su versión mascota) al gran público. Ahora más que nunca el caballo es cultura.

Otra clara manifestación práctica de esta evolución del caballo hacia animal de compañía se puede ver en el tratamiento recibido por algunas legislaciones europeas. Así, el proyecto de reforma del Código Civil francés modifica el estatuto secular del caballo –y del resto de animales domésticos- de “bien semoviente”, al de “ser vivo dotado de sensibilidad”, con las consecuencias que ello conlleva y que en el país del otro lado de los Pirineos se contemplan en la numerosa legislación sectorial. Todo un cambio de perspectiva en gran parte motivado por aquellos hippies que sacan a pasear a su caballo.

Hasta aquí las cosas buenas. Pero también cabe hablar de consecuencias nefastas que puede acarrear  la asimilación del caballo con un perro o un gato. Y aquí es donde el MNC tiene una clara incardinación. Si os pregunto por la principal causa de abandono de caballos en España todos coincidiréis en la misma: la crisis económica. Pero ¿cuál creéis que es la principal causa de abandono de caballos en EE.UU? La respuesta, aunque diferente, es igual de contundente: caballos “consentidos” que se vuelven peligrosos.

A cualquier observador ajeno a estos temas a quien preguntemos por las diferencias entre un perro y un caballo, prescindiendo de la condición de depredador de uno y de presa del otro, enseguida va a apuntar una diferencia evidente: el tamaño. Un animal que pesa a partir de 400 kilos es potencialmente peligroso para cualquier humano. Pero algunos propietarios pierden de vista esta constatación. Bien sea porque (1) alejados en su forma de vida urbana –tal como dijimos- del trato habitual con animales le atribuyen cualidades humanas (antropomorfismo), bien sea porque (2) orientados únicamente por su bienestar le miman en exceso, el resultado final puede ser un caballo “consentido” que ha perdido todo respeto hacia su propietario, y por extensión hacia las personas.

Quede claro que a un caballo se le deben prestar todas las atenciones debidas, pero no hasta el extremo de “consentirlos” de forma que pierdan todo respeto hacia las personas. El camino para llegar aquí es  muy fácil [seguro que los oyentes sabéis mucho más que el ponente]: parece gracioso que el caballo hurgue en nuestra ropa e incluso mordisqueé en busca de una golosina; o al querer sacarlo del box muestre una clara actitud agresiva, y lo dejemos con la excusa de “tiene un mal día”; o lo devolvemos al paddock sin trabajar porqué “está estresado”;  o si de bota “será porque le molesta la silla”; o un largo etcétera.

El resultado está cantado: caballos inseguros, erráticos, tensos, neuróticos y/o agresivos [nuevamente seguro que el auditorio me podrá ilustrar con mejores descripciones]. En cualquier caso, “consintiendo” a un caballo obtendremos a un animal que se resiste o rehúsa el trabajo; y en los casos más extremos, un caballo “arruinado” para cualquier trabajo o interacción segura con el hombre.

En el mejor de los casos, ese caballo “consentido” caerá en manos de un buen profesional que, no sin muchas dificultades y esfuerzos, logrará rescatarlo (incluso hasta consiga reeducar a su propietario). [Seguro que Chico y muchos de vosotros me podréis confirmar las dificultades que entraña reeducar a un caballo en el respeto por las personas]. Aunque lo más habitual será que entre en el circuito de los caballos “intratables”, siendo objeto de numerosas ventas (con el reclamo de “animal fuerte e inteligente”), hasta que acabe ignorado en un box (o si su amo es compasivo, en un campo). Antes seguro que alguno de sus sucesivos propietarios habrá resultado herido.

Mucha gente asume que la crueldad con los caballos consiste en infligirles daños físicos u omitir sus cuidados básicos. Pero en la actualidad la forma más extendida de maltrato es “consentirlos”. En el mundo hay muchos más caballos “consentidos” que objeto de abusos estricto sensu, y este tipo de maltrato no recibe ningún reproche social. Insisto, recordemos que el caso extremo de “consentir” a un caballo es educarle sin respeto hacia las persona, y que no tiene nada que ver con proporcionarle todas las atenciones y cuidados debidos ¡a un caballo! Es más, dado que las necesidades físicas y síquicas de un caballo no tienen nada que ver con las de un humano (por más que nos pueda parecer lo contrario), cuando le tratamos como un “alma gemela” estamos de hecho maltratándole, pues contribuimos a su frustración, infelicidad y desequilibrio.

No quiero acabar mi exposición con el resultado negativo –extremo- al que puede llevarnos la consideración del caballo como mascota obviando su naturaleza de caballo. Todo lo contrario, quiero aprovechar para cerrar el círculo y recordar la similitud absoluta entre “pasear al caballo” y la “equitación de tradición”, que reside en su fundamento último: el conocimiento profundo de la naturaleza del caballo y procurar su máximo bienestar. En eso sin duda consiste la “equitación de la ligereza” en cualquiera de sus manifestaciones, montado o a pie y del ramal (que además buscará la colaboración y no el sometimiento del caballo). ¡Pasear a un caballo, igual que montarlo, no es tarea fácil!

Y no puedo evitar recordar de una reciente lectura una reflexión turbadora: “la práctica de la equitación se ha desvirtuado tanto actualmente, en especial en lo referente al objetivo de la ligereza, que la poca técnica de los jinetes debe ser suplida por las cada vez mejores condiciones de los caballos”.

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